martes, junio 19, 2007

La muerta

Mi abuela Blanca creía. Hasta sus últimos días fue una mujer con pésimo sentido del humor, carácter dominante y escasa de ternura. Pero ella creía en esta vida que te da lecciones extrañas, y que te hace bromas de mal gusto. Imposible no recordar que incluso su deceso estuvo plagado de cruel ironía.

Décadas y décadas atrás, siendo muy joven y viviendo su vida con muchas tías y mujeres mayores (el matriarcado en Chile es más común de lo que uno pueda imaginar), mi abuela, entonces una jovencita de pelo rubio recogido en una larga trenza, presenció la muerte de una tía muy vieja a la que quería mucho. Esta tía llevaba un largo tiempo de agonía, pero aún así provocó un profundo dolor y varios ataques de histeria simultáneos en ese momento en la casa.

Luego de sucesivos ataques de nervio, dentro de los cuales mi abuela se contagió más por desesperación que por dolor, aconteció asumir que a la muerta había que vestirla y arreglarla para velarla, a la antigua, en la misma casa (esto también se sigue haciendo mucho en este país).
En la escala jerárquica mi abuela venía por edad y formación mucho después de otras personas de la casa que podían haber asumido esta cruel tarea de desnudar a una vieja recién muerta y vestirla y maquillarla para dejarla impecable en este también cruel evento social llamado velatorio. Pero muchas de las tías, primas mayores y otras personas de la casa estaban demasiado afectadas para la tarea.

Y bueno, allí Blanca tuvo que crecer abruptamente, e hizo de tripas corazón: se encargaría ella del cacho.

Luego de una prolongada discusión sobre qué ponerle a la muerta, Blanca miró con cierto nervio el cuerpo de la tía y le tomó las manos. La frialdad de los muertos, cómo explicarlo, es distinto de tener las manos heladas por el frío. Se trata de una frialdad cercana a la porcelana, pero blanda como el cuero de un chaquetón expuesto al invierno.

La muerta vestía solo el camisón de dormir. Para desnudarla, Blanca se atrevió a pasar las manos por detrás del torso recostado del cuerpo e intentó levantarla y sentarla, pues intuía que así sería todo más fácil. Y bien pues, mala suerte de por medio, casualidad o lo que quiera que sea que es la ironía de la vida frente a la muerte, en el momento en que la cabeza de la muerta cae sobre los hombros de mi abuela Blanca, los aires de su caja torácica fueron oprimidos hacia el exterior con una fuerza que nadie esperaba. Y como resultado de esto la muerta se quejó. Su voz gutural, el aire fétido en sus pulmones, y ese grito en un tono seco y grave, como el de los fantasmas de las historias que cuentan las abuelas, inundaron la fría pieza donde se encontraba. Mi abuela Blanca sintió que la muerta se le quejaba al oído mientras la sujetaba.

Horas después, con ataque de nervios, sujetada por dos de sus tías, Blanca recibía la explicación racional de un médico que le explicó esto y otros detalles crueles como los relativos a las flatulencias y gases estomacales.

Cuando uno recuerda que siempre le dicen que no juegue con la memoria de los muertos me imagino que es por estos motivos.

¿Qué piensa usted?

jueves, junio 07, 2007

Venganza

Pido permiso para decir palabras groseras. A veces se me escapan en la prosa de este espacio, pero son ocasionales y bien colocadas. Esta vez quiero aumentar la densidad de las ofensas, aumentar el calibre de las malas palabras y compartir con ustedes un proceso que de una u otra forma todos hemos vivido, pero que nunca desemboca igual: la venganza.

A los 16 tenía una guitarra de palo. La tocaba ahí no más (hasta hoy, toco guitarra, pero ahí no más). Un día un compañero de colegio vino a hacer un trabajo a mi casa y me la pidió prestada. Intepretó una canción de Milanés creo y quedé tan impactado de la facilidad con que lo hacía que no fui capaz de decirle que no. Días más, días menos, la guitarra nunca volvió. Se la pedí de vuelta de buenas maneras. Pero el hijo de puta era cuentero, bolsero, ladrón encubierto y además soplón. Eludió hábilmente mis predecibles tretas. No hice tampoco un esfuerzo sustantivo para recuperar la guitarra porque me parecía que tan solo pedirla era suficiente. Pero hay en este planeta una cantidad importante de inescrupulosos que roban, se arrancan, y después andan por la vida sonriendo.

Yo soy huevón. Si me pelo algo se me nota en la cara de inmediato.

Como es de esperar la guitarra jamás volvió y el hijo de puta la debe tener hasta hoy y debe haberle dado, ciertamente, un mejor uso que yo. Pero era mía.

Cuando estuve a un paso de que me echaran del colegio en cuarto medio este mismo hijo de puta fue el que dio mi nombre para encontrar los culpables de una revista clandestina de profundo contenido que hacíamos en esos días. Soplón, marica, el concha grande de su madre.

Tontamente, me armé el dicho en la cabeza, ese de que siempre que le haces algo a alguien puede venir un día, más tarde que temprano, en que puedas llevar a cabo tu venganza. Pero ese día lo estoy esperando aún.

Hace dos semanas, un maestro que estaba encargado de remodelar la casa que me compré se fue, luego de que le pagué una suma estratosférica de dinero. Pero no lo administró bien. Se pajeó. Y se quedó sin ni uno a medio caminó. Y pidió más. Y yo le dije que había cambiado las reglas del juego. Y estuvo las dos últimas semanas sin trabajar gran cosa, planificando arrancarse en el momnto en que yo no podía estar en el lugar. Y se fue.

Alcancé a gritarle por el teléfono una sarta de puteadas como nunca se las había dicho a nadie. A gritos le dije que se había escondido como una rata y que no había sido capaz de decirme esto en la cara las decenas de veces que yo lo puse sobre aviso de que la plata se acabaría si yo le seguía pagando a ese ritmo. Pero él mantuvo silencio. Y se fue.

En medio de esa casa a medio construir, sin destino fijo, pensando que además se habían llevado mis ahorros de un buen tiempo, pensé que podría vengarme. Perseguirlo, amenazarlo, golpearlo, hacerle pedazos su casa, su auto, enviarle mensajes a la familia (hasta se agarró a la nana de mi mamá y dejaba botada la pega), o derechamente ir a pedirle la plata de una manera poco amable (se me ocurrieron varias).

Pero esto ocurrió hace más de una semana. Incluso tengo escrito un gran post con detalles más reveladores que los que he puesto en estas líneas y supuestamente iba a terminar todo diciendo el nombre, y dando su teléfono para que mis amigos lectores le enviasen una sarta de mensajes con los epítetos y ofensas que fueran más de vuestro agrado.

Aún así, escribí esto otro que estan leyendo y el sabor de la derrota me embarga. No saco nada, no gano nada, no progresaré nada si lo persigo. Una mezcla confusa me hace tener que retraerme. Me encantaría ser inescrupulosamente vengativo justo ahora. Pero este concha grande de su madre se salvó.

martes, mayo 29, 2007

Los 30 de Star Wars

Mi papá dibujaba muy bien. A medio camino de arquitecto (lo echaron de la universidad creo), fotógrafo, dibujante técnico y medio diseñador industrial, lo recuerdo como un tipo que minuciosamente resolvía todas mis tareas que implicaban ilustraciones. Así, cuando pidieron un recorte de fotos de accidentes, mi papá dibujó tres: la de un tren descarrilado, un tipo que caía de su bicicleta y una citroneta chocada. Era fascinante cada vez que había que llevar fotos porque yo prefería los dibujos de mi papá. Mis compañeros incluso me pedían dibujos para ellos.

Del mismo modo, cuando fuimos al estreno de esa película que estaba dejando la pelota llamada Star Wars, La Guerra de las Galaxias, llegamos a la casa y me dibujó las naves del imperio, la nave caza de Darth Vader y las bellísimas X-wing de los rebeldes. Todo esto con el tema de moda entonces: Star Wars en versión onda disco. Había algo verosímil en esta película del espacio, una aventura frenética con elementos religiosos con poderes telepáticos. Alucinante. Ya entonces entendía que jamás dibujaría como él. Yo nunca fui malo para el dibujo pero ni cerca de lo fácil que era para él un rostro, un paisaje, una foto, o el diseño abstracto de un plato de porcelana, que fue la última pega que hizo.

Él no sobrevivió a ninguna de las siguientes películas. Se quedo allí, con la idea de Star Wars como una cinta única, cuando ni siquiera era llamada Episodio IV.

Entonces, me pasé toda la vida sintiendo que veía el resto de la saga y que me faltaba un pana que me acompañase y que lo disfrutase como yo.

Aún así, recuerdo el estreno de El Imperio Contraataca en el cine Pedro de Valdivia con unos amigos del barrio y con unos tíos. Salí decepcionado porque no era lo mismo, pero también me sentí profundamente interpelado por el momento sublime en que Vader, más malo que el natre, pronuncia su inolvidable “yo soy tu padre” luego de que le ha cortado el brazo a Luke.

El recuerdo de esa película lo enterré profundamente. No la vi por un montón de años y tiempo después cuando la vi en casa de un amigo que tenía reproductor BETA, sentí que la estaba viendo por primera vez. Tan solo me acordaba de la sensación y de las revelaciones, no de las escenas.

El regreso del Jedi fue también diferente porque se cerraba todo, se acababa todo y nosotros, un poco mayores ya, podíamos disfrutar las cosas más intensamente. Luego de ver el estreno en navidad, creo que en el demolido cine Las Lilas (soy de los que se alegra que lo destruyesen pues sonaba como la callampa), fuimos sostenidamente al centro de Santiago, al antiguo cine Rex (donde ahora está el Hoyts Huérfanos) y nos pasamos varias tardes viendo la película en rotativo una y otra vez. La aprendimos hasta el último rincón. Curiosamente, a mí no me gustaba tanto. Entre esos osos odiosos llamados ewoks, y un papel de Han Solo más desabrido que chupar un clavo, había momentos fascinantes también: la muerte de Boba Fett, la persecución de las motos en el bosque, el ataque a la estrella de la muerte, la escena de la pelea entre Vader y Luke (pese a que el papel de Luke en esta parte también apesta).

En esos días, como no tenía video, fui capaz, con mi hermano, de grabar el audio de La Guerra de las Galaxias en cassette para tenerlo de alguna forma. Nos lo aprendimos de memoria.
Paralelo al Regreso del Jedi mi mamá nos compró un vinilo con la música incidental de John Williams pero en una versión medio mula de otra orquesta, bastante similar en orquestación, pero que carecía de los momentos más emotivos.

Nuestro amigo Daniel, fanático a más no poder, recibió una navidad la cabeza de Darth Vader, que se podía abrir y adentro podías dejar ordenadamente las figuritas de Kenner de cada personaje.

Mi hermano recibió el Halcón Milenario de Han Solo otra navidad.
Yo no recuerdo haber tenido más que las figuritas. Mantengo hasta hoy al Emperador Palpatine de esos días.

Para los 20 años se volvió a dar la saga en los cines, como una antesala de lo que era la gran noticia: tres películas más sobre la primera época. En Chile estaban instalándose ya las primeras salas con sonido decente por lo que ese revival fue un deleite.

Y llegó el esperado Episodio I.

Yo trabajaba en “La Grúa” en Rock & Pop. Ese día andaba, qué raro, con un sueño de puta madre. A las 8 de la noche, estaba con pijama en el departamento, durmiendo. Me llamó Julito, otro fanático de Star Wars que trabaja ahí en la radio aún, para decirme que me viniera porque tenía entradas para la primera avant premier.

Cómo llegué no lo recuerdo.

Pero ahí estuvimos, emocionados, para ver el primer episodio, esta vez con todo el respaldo de la tecnología digital.

Y quedamos sutilmente decepcionados. Jar Jar Binks, los gungans, el mundo submarino, el reino de Naboo, el idiota ejército de androides y los sith regresando a tomarse el poder con uno, sí uno solo, de sus entrenados, un acróbata más parecido a Feddy Krugger que a algo amenazante. Pésimo. Por un momento pensé que me había vuelto adulto, pero me acordé de la cara de entusiasmo de mi papá y entonces concluí: “la película es como el pico”.

Para el episodio II, El Ataque de los Clones, anduvo circulando un tráiler falso con escenas tomadas de varias otras películas, tan bien armado que terminamos por un tiempo pensando que venía de ese modo, con ese tono, pero este Episodio II también fue un fiasco. Ya, las peleas del ejército de clones y los insectos estaban regulares, pero las idiotas escenas de amor entre Padme y Anakin han sido de lo peor que he visto en mi vida. Podría ser infantil, o sutilmente adolescente, pero es absurdo e inverosímil. Paralelamente, el personaje más importante, Anakin, es un pendejo idiota y no un tipo malvado necesariamente.

Al final del episodio II, cuando Anakin se casa con Padme, yo había perdido toda la esperanza.

Mi aventura con el Episodio III fue infartante. Con Julito llegamos a ver la avant premiere a un lugar donde no era. Qué mierda. Y llovía. Rajamos en el rojo rabioso hacia el otro cine. Nos perdimos los primeros minutos, pero llegamos.

Recobré un poco el habla. Las uniones, el argumento, la caída de Anakin, esta vez tenían todavía ese aire de idiotez, pero había algo de crueldad.

No terminó lo mal que yo esperaba. Vader no volvió a aparecer todo lo que yo esperaba.
Esa tarde de lluvia volvimos a la radio con Julito, Zombie y Claudio PSX. Silenciados. Mudos. No sé si por haber quedado disconformes o porque ya no habría más.

Raro.

Entonces me pregunté si a mi papá le habría gustado verlas todas las demás y si las habría disfrutado. Me pregunté si disfrutaría las ediciones especiales de la trilogía, esas que tuvieron escenas nuevas y reposición de material. También traté de imaginar su cara en ese auto, discutiendo o sintiéndose frustrado de que era la última película y de que, claro, no era tan buena al final tampoco.

Así las cosas, de las seis películas sólo me gustan dos, que son los episodios IV y V (Una nueva Esperanza y El Imperio Contraataca). Hay escenas de las demás que me agradan pero no me siento vinculado ni inmerso en el universo de Star Wars a raíz de ellas. Pero si me preguntan acerca de Star Wars por supuesto que soy fanático. Mi personaje preferido es, lejos, Obi Wan Kenobi, sobre todo interpretado por Sir Alec Guiness, y creo que no se le hizo justicia a Vader en el sentido de construirle un descenso a los infiernos del lado oscuro de manera digna. Anakin es solo un pendejo de mierda engreído.

Aún así, a 30 años haría una maratón con mi papá y pararía sólo para ir al baño a mear y comeríamos pizza y cosas así. La pondríamos fuerte, criticaríamos el sonido y los efectos especiales, nos reiríamos de las actuaciones y de los diálogos idiotas (que son los más).

Pero bueno, cuando uno quiere algo, lo quiere tal cual. Felices 30, Star Wars.

lunes, mayo 07, 2007

Voy a ponerme a escribir y lo voy a publicar...

Escribo desde muy pequeño. Un invierno en el que tuve un pobre desarrollo en un dictado, mi abuela, que nos criaba, tomó una drástica decisión. Nos compró un cuaderno a mi hermano y a mí y todos los días hábiles de las dos mugrientas semanas de vacaciones de invierno teníamos que escribir algo en ese cuaderno. Cualquier cosa, con un mínimo de 5 líneas.

El martirio era atroz. Porque, obligado a hacerlo, te sentabas frente a esa hoja en blanco y no se te ocurría nada. No valía copiar algo porque el problema no era mejorar la letra. La idea era contar alguna cosa. Mi hermano me puteaba a mí, que por mi culpa él tenía que enfrentarse a esta decisión tan castradora de cambiar el hacer nada por escribir algo desde dentro de tu cabeza hueca.

Y de a poco iba saliendo algo. Una historia, algo que veías en la tele, una impresión, la descripción de esos días fríos o mis primeros comentarios literarios sobre obras como Colmillo Blanco, los cuentos de Poe o las peripecias del niño de La vida Simplemente de Oscar Castro.

Llegaba el tiempo del colegio y nos alegrábamos tanto de no tener que seguir escribiendo. Porque bueno, a los 9 o 10 años, ¿de qué podrías escribir? Muchas veces me habría gustado hablar de mis vecinas (que alguna vez me gustaron todas por igual) pero la abuela revisaba todo: escribir algo era hacer público algo. Y si uno intentaba poemas era como ridículo. Y mi abuela señalaba siempre: "quiero que se note el sujeto y el predicado".

Las composiciones de 5 líneas, que nos permitían finalmente autorización para poder ir a jugar a la pelota, se tomaron también el verano que siguió. No fuimos de vacaciones a ninguna parte y por lo tanto, desde el 2 de enero hasta el viernes antes de entrar a clases en marzo, mi hermano y yo llenamos un cuaderno pequeño de 40 hojas cada uno. En cada carilla, 5 líneas de esos relatos inconexos. No valían los puntos aparte ni los finales a mitad de la quinta línea.

"Más de tres cuartos de la línea", decía mi abuela.

Con esa experiencia jamás imaginé que me vendrían ganas de escribir. Pero lo que vino después fue automático. Me regalaron un cuadernillo como diario de vida y comencé a escribir en él, probablemente influenciado por Ana Frank. A medio camino, encontré tan idiota lo que escribí que lo hice pedazos y lo quemé en la parrilla de la casa.

Después, influenciado por el cine, comencé a escribir otra vez, y esta vez más cerca de los relatos de ciencia ficción. Y me pasaba lo de siempre: se abrían tanto que no podía terminarlos. No eran cuentos necesariamente. Pero se echaban a perder a mitad de camino, me cargaba la prosa y terminaba echando todo a la basura. Leía otro tanto y me echaba a andar con cuentos de terror que no asustaban ni a una mosca. Entonces, a los 14, leí la saga de Fundación de Isaac Asimov. Cada vez me frustraba más. Mi hermano era mi único lector, por lo que obtenía comentarios como "igual a Star Wars", "esto es como el Capitán Futuro", "le copiaste a Duna".

Un sábado por la tarde había programa triple en el cine del centro de San Bernardo, donde yo vivía. Daban Apocalipsis Ahora, Blade Runner con Harrison Ford y una bosta llamada El Hombre del Lente Mortal, con Sean Connery. Como Harrison Ford era el héroe de Star Wars todos queríamos ir a verla porque se veía de ciencia ficción y buena.

Esa tarde, toda la tarde en el cine, me cambió la vida por completo. Desde el salto del tigre al bote de Apocalipsis Ahora, (creo que recuerdo haberme meado un poco del susto) pasando por el degollamiento de la vaca, el bombardeo con la música de Wagner... y luego Blade Runner, con sus autos que volaban sobre una ciudad oscura, gente que hablaba lenguas raras y estos androides replicantes con ataques de violencia cuando les hacían muchas preguntas. Daryl Hannah haciendo contorsiones y ahorcando al desprevenido agente Deckard con su entrepierna... en fin... a los 13 años, y en una tarde, eso era mucho. Mis amigos odiaron Blade Runner porque querían ver soldados imperiales y naves espaciales. Yo de vuelta a la casa no solté palabra. El cine pesimista y efectista de los ochenta me había entrado hasta la médula.

Unos tres años después, conteniéndome, le di forma a una historia inspirada en Blade Runner pero localizada en Chile, en la que contaba las andanzas de un estudiante de derecho en un país sacudido por la violencia y en medio de una dictadura empresarial o algo así. Estaba pésimamente mal escrita, como era lo usual, pero con el paso de los años fue la única cosa que he escrito que no me atreví a romper. No sé por qué.

Hace un tiempo me percaté que, desde entonces, han pasado 20 años. Ya no fui un escritor amateur juvenil, al menos ni siquiera para mí mismo y mi círculo de gente. No me atrevería jamás a publicar algo porque lo encuentro indigno. Pero durante mi período de cesantía, oh acá la razón última de este posteo, recogí ese cuaderno y lo leí con algo de vergüenza. Y me percaté de que la historia en sí podía ser, como decirlo, salvada o reescrita.

Pensé en su destino inmediato. No pretendería editarla jamás porque no tiene la altura de una publicación. No soy escritor. Pero frente a la compulsión que tengo dentro por tantos años, de querer hacer que alguien lea algo de mí, es que pensé en el sistema del blog hace apenas un par de semanas. Como llevo escrito un tanto de esta versión repensada de mi clásica novela de adolescencia, sigo obstinado con la idea de que hacer entregas periódicas por blog es la mejor manera, la más digna, de darla a conocer.

En todo caso, en estos precisos instantes, recién cachando como es mi nueva pega (condoros de por medio sustanciales a cada rato), cambiándome de casa, y con una cría nueva, no he avanzado lo que quisiera. La idea es comprometerme públicamente a retomar mis riendas usuales una vez en casa, terminado el semestre de la universidad y ya está... me pongo a escribir y en agosto lanzo la primera entrega por web.

Es más, le pongo fecha: 19 de agosto.

Y como solía ser mi estilo anterior... ¿ha escrito usted alguna vez algo de ficción? Si no lo ha hecho aún, ¿de qué cosas escribiría?

jueves, abril 19, 2007

O'Higgins

Si pudiera pensar en mi héroe favorito de la historia de Chile pondría en primer lugar, sin duda, a José Miguel Carrera. Despojado de un don autoritario, Carrera ostentaba un ego tremendo. Salía a mostrarse con su caballo blanco a las plazas, gritando consignas libertarias. No lideró movimientos nacionalistas de gran envergadura ni tampoco fue exitoso como jefe. Pero estuvo metido, no se traicionó ni traicionó a otros. Además, las mujeres morían por él.

Este tipo debía estar en las monedas de 10 pesos.

Pero está O'Higgins.

Nunca me agradó O'Higgins, pero es el tipo de líder que mejor funciona en un país como éste, donde no muchos se atreven a tomar decisiones. Se establece en algunos espacios de reflexión que los chilenos carecemos de autoridad innata y que, por lo tanto, las cosas andan mejor cuando nos mandan, o cuando el peso de la autoridad recae en personas o instituciones más fuertes.

O'Higgins es, en este sentido, como Pinochet.

Y cuando establezco ese paralelo recuerdo a alguien que dijo alguna vez que el poder no se ostenta sino que se atribuye: se es más poderoso cuando otros lo consideran, no cuando uno mismo lo considera.

En ese camino, la limpieza y santificación de la condición humana de los líderes llega a extremos pasmosos.

Y a esto quería llegar. Corría mi educación básica, mis primeras lecciones de historia de Chile. En ese momento, por decreto, se tenían que asumir varias cosas: que el gobierno de Pinochet era legítimo, que la Antártica Chilena era chilena, que la Guerra del Pacífico había sido una muestra de hidalguía para recobrar lo nuestro ante dos enemigos traicioneros y que los argentinos nos habían cagado sostenidamente anexando tierras a través de la historia.

O'Higgins, en este contexto, se presentaba como padre de la patria.

Pero lo más complicado de todo era contar su historia íntima, aquella de amoríos furtivos entre criollas y soldados que finalmente terminaban en muchos embarazos sin reconocimiento. Más en crudo: durante la Colonia y la Independencia, en Chile se institucionaliza el guacho.

Y O'Higgins era guacho.

En mi colegio, la profesora tuvo una idea genial para que nosotros, desapercibidos alumnos de segundo básico, entendiéramos que O'Higgins sólo tenía madre y no padre.

"Don Ambrosio O'Higgins y doña Isabel Riquelme se miraron a los ojos y el amor existió entre ellos. Así nació Bernardo O'Higgins, padre de la patria".

Yo estaba enamorado de una chica que se llamaba Eliana, en segundo básico. Yo no había visto muchas chicas con ojos claros y ella era, claramente, un bombón. La miraba mucho. Nunca le dije nada creo y jamás ella me habría pescado, como suele ocurrir, pero... esto se transformó en un peligro. Si la miraba mucho le podía hacer una guagua. Qué miedo. Qué horror. Un Bernardo Cuevas, por así decirlo.

Intenté reprimir la atención que tenía hacia ella, pues si la miraba mucho, cagaba. De repente, en ese proceso, ella me miraba de vuelta, y ahí era como tirar en el día 14.

Afortunadamente no fui padre a esa edad. Y por un buen tiempo bajé la vista para resistir mirar a la chica que podría engendrar un nuevo padre de la patria.

jueves, abril 05, 2007

De dobles y tributos

Con algo de vergüenza ajena me encuentro frente a la televisión abierta y un hombre con una parecido caricaturesco a Marco Antonio Solís, vestido a la fuerza como él, está sentado sonriendo. Su enjuta mujer confiesa, sentadita y resignada, que le gusta que él se parezca al cantante mexicano pero no le hace gracia que las mujeres lo acosen. Porque de veras lo acosan.

El tipo hace algo así como 3 recitales por noche los fines de semana, en los que no sólo simula ser el cantante popular haciendo mímica sobre un playback. También se las da de cantante y lo hace pésimo. En algunos lugares se da la maña de pedir camarín propio y cobra mucha plata sin tributar derechos de autor, de imagen, ni nada parecido.

Ese mismo día, según alguien que me contó, el tipo apareció en un programa de tribunales de Chilevisión parece, nuevamente con su mujer. Ella acusaba que él es demasiado celoso.

Día de San Patricio: se trata de una celebración esencialmente irlandesa, en donde todo lo que se hace, se bebe y lo que uno viste lleva el color verde. Es una especie de spring break, donde aparte de ser feriado, los gringos quedan como güila y las mujeres terminan mostrando las tetas en Wild On.

Bueno, en Chile también se celebra. Y el lugar más clásico es el llamado Flannery's, de un irlandés avencindado en tierra chilena, de ese apellido, que ostenta un pub a la usanza de los bretones en el sector de Tobalaba con Providencia, con los baños meados y vomitados, una cocina donde abunda el cordero y la gracia más notable: un catálogo de cervezas y ales de la temporada (se puede conseguir Guiness real). En tres días de celebración el número más importante no es el de los bailes celtas típicos ni de las interpretaciones folklóricas sino la actuación de una banda llamada Lemon, que desde hace varios años tributan temas de U2.

Lemon, dentro del universo de imitadores y tributos, es una banda que lo hace muy muy bien. Si cierras los ojos, te tomas el trago verde y hay alguna gringa a tu lado tarareando, jurarías de guata que estás en un pub en Dublín con U2 como invitado estelar. Preocupados de las notas, de los equipos que usan, los efectos, secuencias y con un notable trabajo de voz de su vocalista (que tiene además un digno acento al cantar), Lemon no sólo es el escándalo mayor para la gente que se va a celebrar algo tan ajeno como San Patricio sino que enloquece, literalmente enloquece, a los gringos y gringas que van al lugar. Al vocalista se le cuelgan las gordas y rosadas gringas borrachas, lo besan, lo abrazan.

El pasado mes de marzo la gente hablaba de ir a ver a Pink Floyd. Bueno, como que Roger Waters vende un poco esa idea reactualizando la presentación del disco The Dark Side of the Moon, a mi entender el mejor disco de los Floyd. Luego de una mezquina reunión para cuando se realizó el espectáculo de aniversario de Live Aid, nunca ha habido hechos concretos alrededor de esa reunión. Dave Gilmour ha sido algo más honesto y publicó paralelamente un disco solista de sorprendente calidad, On an island. Así, Waters se lleva todos los aplausos de un público súper poco exigente, que está convencido que tiene a Pink Floyd enfrente. Creo que se necesita algo más que uno de ellos para escuchar algo dignamente cercano a la formación de cuarteto original. No lo digo de resentido, pero Waters fue el que finalmente arruinó el universo creativo de los Floyd volcando todo su ego en discos muy malos. Por otra parte, Gilmour obtuvo el permiso para usar el nombre de la banda y compuso dos discos de cierta resonancia pero vacíos de ideología, A Momentary Lapse of Reason y el complaciente The Division Bell.

Aún así, cientos de fanáticos de Floyd encuentran alivio también en bandas tributo. Otros números clásicos tienen sus respectivas bandas tributo también: Sweet Rose versionan a los Guns N Roses, Ballbreaker a los AC /DC y hay muchos otros, de muy buena calidad, versionando a Rush, Deep Purple...

Nos gustan las suplantaciones. Nos conformamos con las suplantaciones. Probablemente la cordillera, la extremidad geográfica, las pocas posibilidades de que números musicales de importancia lleguen a nuestros estadios. No lo sé. Pero al no ser tan exigentes a este respecto nacen una serie de fenómenos de imitación que son, paradojalmente, muy nuestros, muy chilenos.

Es cosa de ponerlo a prueba. Los concursos más exitosos en Chile tienen que ver con imitadores o suplantadores, desde el disfraz hasta el sonsonete.

jueves, marzo 15, 2007

ONISESA TEHCONIP

Hoy me regalaron La Segunda en la esquina de Las Condes con Padre Hurtado. Ustedes entienden que jamás compraría el diario de Zegers por su complicidad con el régimen de Pinochet y esas cosas (soy chapado a la antigua) pero invitablemente recordé uno de los episodios más notables en la historia del oscuro periodismo de la dictadura. Un episodio que tiene que ver con este triste diario llamado "La Segunda" y su horrible combinación de logo verde con letras rojas.

Corrían los tiempos duros. Grandes protestas, caceroleos, allanamientos, el atentado de la cuesta en contra del gobernante y su comitiva. Mataban pacos. Los milicos se metían a las poblaciones, desaparecía gente, degollados, las calles regadas de panfletos con caricaturas de Pinochet. En fin.
Bueno. Y un día, en "La Segunda", se publicó una carta de una ciudadana húngara o rumana que había llegado a Chile en circunstancis de exilio de los países del Pacto de Varsovia. En ella, la mujer defendía a ultranzas el régimen militar, diciendo que el país tenía que agradecer su intervención en el 73 y la forma como estaban llevando a cabo la reconstrucción luego de un gobierno de delincuentes comunes y epitetos del estilo.

Firmaba de la siguiente forma: ONISESA TEHCONIP.

Sería la premura, los tiempos que corrían, el nervio o simplemente el descuido pero el nombre escondía un atentado mortal para el comité editorial de turno: leído al revés decía Pinochet asesino.

La prensa contestataria de entonces, semanarios en su mayoría, se mofaron por mucho tiempo de esta gracia pues era bien común pensar que ser adicto al régimen militar era sinónimo de ser idiota.

No sé cuántos fueron despedidos del diario en esa ocasión pero el golazo fue recordado por mucho tiempo. Y como los protagonismos eran anónimos, a diferencia de hoy que se sabe todo lo que hace cualquiera, jamás supe quién mandó la carta.