Escribo desde muy pequeño. Un invierno en el que tuve un pobre desarrollo en un dictado, mi abuela, que nos criaba, tomó una drástica decisión. Nos compró un cuaderno a mi hermano y a mí y todos los días hábiles de las dos mugrientas semanas de vacaciones de invierno teníamos que escribir algo en ese cuaderno. Cualquier cosa, con un mínimo de 5 líneas.
El martirio era atroz. Porque, obligado a hacerlo, te sentabas frente a esa hoja en blanco y no se te ocurría nada. No valía copiar algo porque el problema no era mejorar la letra. La idea era contar alguna cosa. Mi hermano me puteaba a mí, que por mi culpa él tenía que enfrentarse a esta decisión tan castradora de cambiar el hacer nada por escribir algo desde dentro de tu cabeza hueca.
Y de a poco iba saliendo algo. Una historia, algo que veías en la tele, una impresión, la descripción de esos días fríos o mis primeros comentarios literarios sobre obras como Colmillo Blanco, los cuentos de Poe o las peripecias del niño de La vida Simplemente de Oscar Castro.
Llegaba el tiempo del colegio y nos alegrábamos tanto de no tener que seguir escribiendo. Porque bueno, a los 9 o 10 años, ¿de qué podrías escribir? Muchas veces me habría gustado hablar de mis vecinas (que alguna vez me gustaron todas por igual) pero la abuela revisaba todo: escribir algo era hacer público algo. Y si uno intentaba poemas era como ridículo. Y mi abuela señalaba siempre: "quiero que se note el sujeto y el predicado".
Las composiciones de 5 líneas, que nos permitían finalmente autorización para poder ir a jugar a la pelota, se tomaron también el verano que siguió. No fuimos de vacaciones a ninguna parte y por lo tanto, desde el 2 de enero hasta el viernes antes de entrar a clases en marzo, mi hermano y yo llenamos un cuaderno pequeño de 40 hojas cada uno. En cada carilla, 5 líneas de esos relatos inconexos. No valían los puntos aparte ni los finales a mitad de la quinta línea.
"Más de tres cuartos de la línea", decía mi abuela.
Con esa experiencia jamás imaginé que me vendrían ganas de escribir. Pero lo que vino después fue automático. Me regalaron un cuadernillo como diario de vida y comencé a escribir en él, probablemente influenciado por Ana Frank. A medio camino, encontré tan idiota lo que escribí que lo hice pedazos y lo quemé en la parrilla de la casa.
Después, influenciado por el cine, comencé a escribir otra vez, y esta vez más cerca de los relatos de ciencia ficción. Y me pasaba lo de siempre: se abrían tanto que no podía terminarlos. No eran cuentos necesariamente. Pero se echaban a perder a mitad de camino, me cargaba la prosa y terminaba echando todo a la basura. Leía otro tanto y me echaba a andar con cuentos de terror que no asustaban ni a una mosca. Entonces, a los 14, leí la saga de Fundación de Isaac Asimov. Cada vez me frustraba más. Mi hermano era mi único lector, por lo que obtenía comentarios como "igual a Star Wars", "esto es como el Capitán Futuro", "le copiaste a Duna".
Un sábado por la tarde había programa triple en el cine del centro de San Bernardo, donde yo vivía. Daban Apocalipsis Ahora, Blade Runner con Harrison Ford y una bosta llamada El Hombre del Lente Mortal, con Sean Connery. Como Harrison Ford era el héroe de Star Wars todos queríamos ir a verla porque se veía de ciencia ficción y buena.
Esa tarde, toda la tarde en el cine, me cambió la vida por completo. Desde el salto del tigre al bote de Apocalipsis Ahora, (creo que recuerdo haberme meado un poco del susto) pasando por el degollamiento de la vaca, el bombardeo con la música de Wagner... y luego Blade Runner, con sus autos que volaban sobre una ciudad oscura, gente que hablaba lenguas raras y estos androides replicantes con ataques de violencia cuando les hacían muchas preguntas. Daryl Hannah haciendo contorsiones y ahorcando al desprevenido agente Deckard con su entrepierna... en fin... a los 13 años, y en una tarde, eso era mucho. Mis amigos odiaron Blade Runner porque querían ver soldados imperiales y naves espaciales. Yo de vuelta a la casa no solté palabra. El cine pesimista y efectista de los ochenta me había entrado hasta la médula.
Unos tres años después, conteniéndome, le di forma a una historia inspirada en Blade Runner pero localizada en Chile, en la que contaba las andanzas de un estudiante de derecho en un país sacudido por la violencia y en medio de una dictadura empresarial o algo así. Estaba pésimamente mal escrita, como era lo usual, pero con el paso de los años fue la única cosa que he escrito que no me atreví a romper. No sé por qué.
Hace un tiempo me percaté que, desde entonces, han pasado 20 años. Ya no fui un escritor amateur juvenil, al menos ni siquiera para mí mismo y mi círculo de gente. No me atrevería jamás a publicar algo porque lo encuentro indigno. Pero durante mi período de cesantía, oh acá la razón última de este posteo, recogí ese cuaderno y lo leí con algo de vergüenza. Y me percaté de que la historia en sí podía ser, como decirlo, salvada o reescrita.
Pensé en su destino inmediato. No pretendería editarla jamás porque no tiene la altura de una publicación. No soy escritor. Pero frente a la compulsión que tengo dentro por tantos años, de querer hacer que alguien lea algo de mí, es que pensé en el sistema del blog hace apenas un par de semanas. Como llevo escrito un tanto de esta versión repensada de mi clásica novela de adolescencia, sigo obstinado con la idea de que hacer entregas periódicas por blog es la mejor manera, la más digna, de darla a conocer.
En todo caso, en estos precisos instantes, recién cachando como es mi nueva pega (condoros de por medio sustanciales a cada rato), cambiándome de casa, y con una cría nueva, no he avanzado lo que quisiera. La idea es comprometerme públicamente a retomar mis riendas usuales una vez en casa, terminado el semestre de la universidad y ya está... me pongo a escribir y en agosto lanzo la primera entrega por web.
Es más, le pongo fecha: 19 de agosto.
Y como solía ser mi estilo anterior... ¿ha escrito usted alguna vez algo de ficción? Si no lo ha hecho aún, ¿de qué cosas escribiría?
lunes, mayo 07, 2007
jueves, abril 19, 2007
O'Higgins
Si pudiera pensar en mi héroe favorito de la historia de Chile pondría en primer lugar, sin duda, a José Miguel Carrera. Despojado de un don autoritario, Carrera ostentaba un ego tremendo. Salía a mostrarse con su caballo blanco a las plazas, gritando consignas libertarias. No lideró movimientos nacionalistas de gran envergadura ni tampoco fue exitoso como jefe. Pero estuvo metido, no se traicionó ni traicionó a otros. Además, las mujeres morían por él.
Este tipo debía estar en las monedas de 10 pesos.
Pero está O'Higgins.
Nunca me agradó O'Higgins, pero es el tipo de líder que mejor funciona en un país como éste, donde no muchos se atreven a tomar decisiones. Se establece en algunos espacios de reflexión que los chilenos carecemos de autoridad innata y que, por lo tanto, las cosas andan mejor cuando nos mandan, o cuando el peso de la autoridad recae en personas o instituciones más fuertes.
O'Higgins es, en este sentido, como Pinochet.
Y cuando establezco ese paralelo recuerdo a alguien que dijo alguna vez que el poder no se ostenta sino que se atribuye: se es más poderoso cuando otros lo consideran, no cuando uno mismo lo considera.
En ese camino, la limpieza y santificación de la condición humana de los líderes llega a extremos pasmosos.
Y a esto quería llegar. Corría mi educación básica, mis primeras lecciones de historia de Chile. En ese momento, por decreto, se tenían que asumir varias cosas: que el gobierno de Pinochet era legítimo, que la Antártica Chilena era chilena, que la Guerra del Pacífico había sido una muestra de hidalguía para recobrar lo nuestro ante dos enemigos traicioneros y que los argentinos nos habían cagado sostenidamente anexando tierras a través de la historia.
O'Higgins, en este contexto, se presentaba como padre de la patria.
Pero lo más complicado de todo era contar su historia íntima, aquella de amoríos furtivos entre criollas y soldados que finalmente terminaban en muchos embarazos sin reconocimiento. Más en crudo: durante la Colonia y la Independencia, en Chile se institucionaliza el guacho.
Y O'Higgins era guacho.
En mi colegio, la profesora tuvo una idea genial para que nosotros, desapercibidos alumnos de segundo básico, entendiéramos que O'Higgins sólo tenía madre y no padre.
"Don Ambrosio O'Higgins y doña Isabel Riquelme se miraron a los ojos y el amor existió entre ellos. Así nació Bernardo O'Higgins, padre de la patria".
Yo estaba enamorado de una chica que se llamaba Eliana, en segundo básico. Yo no había visto muchas chicas con ojos claros y ella era, claramente, un bombón. La miraba mucho. Nunca le dije nada creo y jamás ella me habría pescado, como suele ocurrir, pero... esto se transformó en un peligro. Si la miraba mucho le podía hacer una guagua. Qué miedo. Qué horror. Un Bernardo Cuevas, por así decirlo.
Intenté reprimir la atención que tenía hacia ella, pues si la miraba mucho, cagaba. De repente, en ese proceso, ella me miraba de vuelta, y ahí era como tirar en el día 14.
Afortunadamente no fui padre a esa edad. Y por un buen tiempo bajé la vista para resistir mirar a la chica que podría engendrar un nuevo padre de la patria.
Este tipo debía estar en las monedas de 10 pesos.
Pero está O'Higgins.
Nunca me agradó O'Higgins, pero es el tipo de líder que mejor funciona en un país como éste, donde no muchos se atreven a tomar decisiones. Se establece en algunos espacios de reflexión que los chilenos carecemos de autoridad innata y que, por lo tanto, las cosas andan mejor cuando nos mandan, o cuando el peso de la autoridad recae en personas o instituciones más fuertes.
O'Higgins es, en este sentido, como Pinochet.
Y cuando establezco ese paralelo recuerdo a alguien que dijo alguna vez que el poder no se ostenta sino que se atribuye: se es más poderoso cuando otros lo consideran, no cuando uno mismo lo considera.
En ese camino, la limpieza y santificación de la condición humana de los líderes llega a extremos pasmosos.
Y a esto quería llegar. Corría mi educación básica, mis primeras lecciones de historia de Chile. En ese momento, por decreto, se tenían que asumir varias cosas: que el gobierno de Pinochet era legítimo, que la Antártica Chilena era chilena, que la Guerra del Pacífico había sido una muestra de hidalguía para recobrar lo nuestro ante dos enemigos traicioneros y que los argentinos nos habían cagado sostenidamente anexando tierras a través de la historia.
O'Higgins, en este contexto, se presentaba como padre de la patria.
Pero lo más complicado de todo era contar su historia íntima, aquella de amoríos furtivos entre criollas y soldados que finalmente terminaban en muchos embarazos sin reconocimiento. Más en crudo: durante la Colonia y la Independencia, en Chile se institucionaliza el guacho.
Y O'Higgins era guacho.
En mi colegio, la profesora tuvo una idea genial para que nosotros, desapercibidos alumnos de segundo básico, entendiéramos que O'Higgins sólo tenía madre y no padre.
"Don Ambrosio O'Higgins y doña Isabel Riquelme se miraron a los ojos y el amor existió entre ellos. Así nació Bernardo O'Higgins, padre de la patria".
Yo estaba enamorado de una chica que se llamaba Eliana, en segundo básico. Yo no había visto muchas chicas con ojos claros y ella era, claramente, un bombón. La miraba mucho. Nunca le dije nada creo y jamás ella me habría pescado, como suele ocurrir, pero... esto se transformó en un peligro. Si la miraba mucho le podía hacer una guagua. Qué miedo. Qué horror. Un Bernardo Cuevas, por así decirlo.
Intenté reprimir la atención que tenía hacia ella, pues si la miraba mucho, cagaba. De repente, en ese proceso, ella me miraba de vuelta, y ahí era como tirar en el día 14.
Afortunadamente no fui padre a esa edad. Y por un buen tiempo bajé la vista para resistir mirar a la chica que podría engendrar un nuevo padre de la patria.
jueves, abril 05, 2007
De dobles y tributos
Con algo de vergüenza ajena me encuentro frente a la televisión abierta y un hombre con una parecido caricaturesco a Marco Antonio Solís, vestido a la fuerza como él, está sentado sonriendo. Su enjuta mujer confiesa, sentadita y resignada, que le gusta que él se parezca al cantante mexicano pero no le hace gracia que las mujeres lo acosen. Porque de veras lo acosan.
El tipo hace algo así como 3 recitales por noche los fines de semana, en los que no sólo simula ser el cantante popular haciendo mímica sobre un playback. También se las da de cantante y lo hace pésimo. En algunos lugares se da la maña de pedir camarín propio y cobra mucha plata sin tributar derechos de autor, de imagen, ni nada parecido.
Ese mismo día, según alguien que me contó, el tipo apareció en un programa de tribunales de Chilevisión parece, nuevamente con su mujer. Ella acusaba que él es demasiado celoso.
Día de San Patricio: se trata de una celebración esencialmente irlandesa, en donde todo lo que se hace, se bebe y lo que uno viste lleva el color verde. Es una especie de spring break, donde aparte de ser feriado, los gringos quedan como güila y las mujeres terminan mostrando las tetas en Wild On.
Bueno, en Chile también se celebra. Y el lugar más clásico es el llamado Flannery's, de un irlandés avencindado en tierra chilena, de ese apellido, que ostenta un pub a la usanza de los bretones en el sector de Tobalaba con Providencia, con los baños meados y vomitados, una cocina donde abunda el cordero y la gracia más notable: un catálogo de cervezas y ales de la temporada (se puede conseguir Guiness real). En tres días de celebración el número más importante no es el de los bailes celtas típicos ni de las interpretaciones folklóricas sino la actuación de una banda llamada Lemon, que desde hace varios años tributan temas de U2.
Lemon, dentro del universo de imitadores y tributos, es una banda que lo hace muy muy bien. Si cierras los ojos, te tomas el trago verde y hay alguna gringa a tu lado tarareando, jurarías de guata que estás en un pub en Dublín con U2 como invitado estelar. Preocupados de las notas, de los equipos que usan, los efectos, secuencias y con un notable trabajo de voz de su vocalista (que tiene además un digno acento al cantar), Lemon no sólo es el escándalo mayor para la gente que se va a celebrar algo tan ajeno como San Patricio sino que enloquece, literalmente enloquece, a los gringos y gringas que van al lugar. Al vocalista se le cuelgan las gordas y rosadas gringas borrachas, lo besan, lo abrazan.
El pasado mes de marzo la gente hablaba de ir a ver a Pink Floyd. Bueno, como que Roger Waters vende un poco esa idea reactualizando la presentación del disco The Dark Side of the Moon, a mi entender el mejor disco de los Floyd. Luego de una mezquina reunión para cuando se realizó el espectáculo de aniversario de Live Aid, nunca ha habido hechos concretos alrededor de esa reunión. Dave Gilmour ha sido algo más honesto y publicó paralelamente un disco solista de sorprendente calidad, On an island. Así, Waters se lleva todos los aplausos de un público súper poco exigente, que está convencido que tiene a Pink Floyd enfrente. Creo que se necesita algo más que uno de ellos para escuchar algo dignamente cercano a la formación de cuarteto original. No lo digo de resentido, pero Waters fue el que finalmente arruinó el universo creativo de los Floyd volcando todo su ego en discos muy malos. Por otra parte, Gilmour obtuvo el permiso para usar el nombre de la banda y compuso dos discos de cierta resonancia pero vacíos de ideología, A Momentary Lapse of Reason y el complaciente The Division Bell.
Aún así, cientos de fanáticos de Floyd encuentran alivio también en bandas tributo. Otros números clásicos tienen sus respectivas bandas tributo también: Sweet Rose versionan a los Guns N Roses, Ballbreaker a los AC /DC y hay muchos otros, de muy buena calidad, versionando a Rush, Deep Purple...
Nos gustan las suplantaciones. Nos conformamos con las suplantaciones. Probablemente la cordillera, la extremidad geográfica, las pocas posibilidades de que números musicales de importancia lleguen a nuestros estadios. No lo sé. Pero al no ser tan exigentes a este respecto nacen una serie de fenómenos de imitación que son, paradojalmente, muy nuestros, muy chilenos.
Es cosa de ponerlo a prueba. Los concursos más exitosos en Chile tienen que ver con imitadores o suplantadores, desde el disfraz hasta el sonsonete.
El tipo hace algo así como 3 recitales por noche los fines de semana, en los que no sólo simula ser el cantante popular haciendo mímica sobre un playback. También se las da de cantante y lo hace pésimo. En algunos lugares se da la maña de pedir camarín propio y cobra mucha plata sin tributar derechos de autor, de imagen, ni nada parecido.
Ese mismo día, según alguien que me contó, el tipo apareció en un programa de tribunales de Chilevisión parece, nuevamente con su mujer. Ella acusaba que él es demasiado celoso.
Día de San Patricio: se trata de una celebración esencialmente irlandesa, en donde todo lo que se hace, se bebe y lo que uno viste lleva el color verde. Es una especie de spring break, donde aparte de ser feriado, los gringos quedan como güila y las mujeres terminan mostrando las tetas en Wild On.
Bueno, en Chile también se celebra. Y el lugar más clásico es el llamado Flannery's, de un irlandés avencindado en tierra chilena, de ese apellido, que ostenta un pub a la usanza de los bretones en el sector de Tobalaba con Providencia, con los baños meados y vomitados, una cocina donde abunda el cordero y la gracia más notable: un catálogo de cervezas y ales de la temporada (se puede conseguir Guiness real). En tres días de celebración el número más importante no es el de los bailes celtas típicos ni de las interpretaciones folklóricas sino la actuación de una banda llamada Lemon, que desde hace varios años tributan temas de U2.
Lemon, dentro del universo de imitadores y tributos, es una banda que lo hace muy muy bien. Si cierras los ojos, te tomas el trago verde y hay alguna gringa a tu lado tarareando, jurarías de guata que estás en un pub en Dublín con U2 como invitado estelar. Preocupados de las notas, de los equipos que usan, los efectos, secuencias y con un notable trabajo de voz de su vocalista (que tiene además un digno acento al cantar), Lemon no sólo es el escándalo mayor para la gente que se va a celebrar algo tan ajeno como San Patricio sino que enloquece, literalmente enloquece, a los gringos y gringas que van al lugar. Al vocalista se le cuelgan las gordas y rosadas gringas borrachas, lo besan, lo abrazan.
El pasado mes de marzo la gente hablaba de ir a ver a Pink Floyd. Bueno, como que Roger Waters vende un poco esa idea reactualizando la presentación del disco The Dark Side of the Moon, a mi entender el mejor disco de los Floyd. Luego de una mezquina reunión para cuando se realizó el espectáculo de aniversario de Live Aid, nunca ha habido hechos concretos alrededor de esa reunión. Dave Gilmour ha sido algo más honesto y publicó paralelamente un disco solista de sorprendente calidad, On an island. Así, Waters se lleva todos los aplausos de un público súper poco exigente, que está convencido que tiene a Pink Floyd enfrente. Creo que se necesita algo más que uno de ellos para escuchar algo dignamente cercano a la formación de cuarteto original. No lo digo de resentido, pero Waters fue el que finalmente arruinó el universo creativo de los Floyd volcando todo su ego en discos muy malos. Por otra parte, Gilmour obtuvo el permiso para usar el nombre de la banda y compuso dos discos de cierta resonancia pero vacíos de ideología, A Momentary Lapse of Reason y el complaciente The Division Bell.
Aún así, cientos de fanáticos de Floyd encuentran alivio también en bandas tributo. Otros números clásicos tienen sus respectivas bandas tributo también: Sweet Rose versionan a los Guns N Roses, Ballbreaker a los AC /DC y hay muchos otros, de muy buena calidad, versionando a Rush, Deep Purple...
Nos gustan las suplantaciones. Nos conformamos con las suplantaciones. Probablemente la cordillera, la extremidad geográfica, las pocas posibilidades de que números musicales de importancia lleguen a nuestros estadios. No lo sé. Pero al no ser tan exigentes a este respecto nacen una serie de fenómenos de imitación que son, paradojalmente, muy nuestros, muy chilenos.
Es cosa de ponerlo a prueba. Los concursos más exitosos en Chile tienen que ver con imitadores o suplantadores, desde el disfraz hasta el sonsonete.
jueves, marzo 15, 2007
ONISESA TEHCONIP
Hoy me regalaron La Segunda en la esquina de Las Condes con Padre Hurtado. Ustedes entienden que jamás compraría el diario de Zegers por su complicidad con el régimen de Pinochet y esas cosas (soy chapado a la antigua) pero invitablemente recordé uno de los episodios más notables en la historia del oscuro periodismo de la dictadura. Un episodio que tiene que ver con este triste diario llamado "La Segunda" y su horrible combinación de logo verde con letras rojas.
Corrían los tiempos duros. Grandes protestas, caceroleos, allanamientos, el atentado de la cuesta en contra del gobernante y su comitiva. Mataban pacos. Los milicos se metían a las poblaciones, desaparecía gente, degollados, las calles regadas de panfletos con caricaturas de Pinochet. En fin.
Bueno. Y un día, en "La Segunda", se publicó una carta de una ciudadana húngara o rumana que había llegado a Chile en circunstancis de exilio de los países del Pacto de Varsovia. En ella, la mujer defendía a ultranzas el régimen militar, diciendo que el país tenía que agradecer su intervención en el 73 y la forma como estaban llevando a cabo la reconstrucción luego de un gobierno de delincuentes comunes y epitetos del estilo.
Firmaba de la siguiente forma: ONISESA TEHCONIP.
Sería la premura, los tiempos que corrían, el nervio o simplemente el descuido pero el nombre escondía un atentado mortal para el comité editorial de turno: leído al revés decía Pinochet asesino.
La prensa contestataria de entonces, semanarios en su mayoría, se mofaron por mucho tiempo de esta gracia pues era bien común pensar que ser adicto al régimen militar era sinónimo de ser idiota.
No sé cuántos fueron despedidos del diario en esa ocasión pero el golazo fue recordado por mucho tiempo. Y como los protagonismos eran anónimos, a diferencia de hoy que se sabe todo lo que hace cualquiera, jamás supe quién mandó la carta.
Corrían los tiempos duros. Grandes protestas, caceroleos, allanamientos, el atentado de la cuesta en contra del gobernante y su comitiva. Mataban pacos. Los milicos se metían a las poblaciones, desaparecía gente, degollados, las calles regadas de panfletos con caricaturas de Pinochet. En fin.
Bueno. Y un día, en "La Segunda", se publicó una carta de una ciudadana húngara o rumana que había llegado a Chile en circunstancis de exilio de los países del Pacto de Varsovia. En ella, la mujer defendía a ultranzas el régimen militar, diciendo que el país tenía que agradecer su intervención en el 73 y la forma como estaban llevando a cabo la reconstrucción luego de un gobierno de delincuentes comunes y epitetos del estilo.
Firmaba de la siguiente forma: ONISESA TEHCONIP.
Sería la premura, los tiempos que corrían, el nervio o simplemente el descuido pero el nombre escondía un atentado mortal para el comité editorial de turno: leído al revés decía Pinochet asesino.
La prensa contestataria de entonces, semanarios en su mayoría, se mofaron por mucho tiempo de esta gracia pues era bien común pensar que ser adicto al régimen militar era sinónimo de ser idiota.
No sé cuántos fueron despedidos del diario en esa ocasión pero el golazo fue recordado por mucho tiempo. Y como los protagonismos eran anónimos, a diferencia de hoy que se sabe todo lo que hace cualquiera, jamás supe quién mandó la carta.
sábado, febrero 24, 2007
No crea todo lo que ve (o también... ¿es que acaso nadie más lo ve?
Sentado en mi nuevo cuchitril, un lugar de cielos altos y vigas de madera a la vista, sin ventanas, pero con una ubicación agradable, recibo una llamada telefónica a un par de días de la visita de Coldplay, en la cual me invitan a compartir unos minutos con la banda británica. No se trata de un privilegio ni un homenaje, pero encabezando la dirección de un canal de cable y por la historia que tuve en la radio sigo manteniendo ciertos ritos. En este caso, algunas personas van a compartir unos minutos con los tipos con los que hemos trabajado por años (difundiendo su música se entiende). Lo anterior nos daba pie a los invitados para quedarnos al show.
Este tipo de actividades se hace permanentemente. Varía según la personalidad o cercanía que los artistas tengan con sus compañías discográficas, y el ánimo con el que vengan. A veces, si el vuelo ha sido malo, si alguien martilló algo afuera de sus habitaciones, los artistas simplemente deciden que no quieren ver a nadie y punto.
El ritual es bien sencillo, también con variaciones. Te meten a una sala del backstage vip del artista, y te sientas a esperar. Luego, entra un road manager o alguien de la producción de la banda y te da ciertas directrices (cosas que no puedes hacer o mencionar a los artistas) y luego esperas. Después, en algún momento, el o los artistas entran, y tienes una conversación muy formal y tiesa, a veces casi inexistente, y te sacan una foto.
Punto, nada más. Sales de la sala y hay otro grupo de personas que hará lo mismo.
Son dos o tres minutos de gloria con las glorias del espectáculo.
Recuerdo que, por ejemplo, Lenny Kravitz era muy soberbio y pesado, pero te saludaba amablemente y posaba pa la foto sin sacarse los lentes siquiera. En el caso de Coldplay tuvimos una grata conversación sobre mariscos chilenos, sobre Valparaíso, y sobre una entrevista que yo les hice hace dos años en Estados Unidos luego del festival Coachella. Les di las gracias porque esa conversación nos había servido un montón. Chris Martin se mostró sorprendido porque todos teníamos la sensación de que en Chile tocarían temas inéditos: "Acá en Chile incluso Yellow es inédita", dijo algo sorprendido. Reconocieron eso sí que estaban ya componiendo para el nuevo disco.
Acto seguido, foto y luego gracias y hasta luego.
Cuando me mandaron la foto por mail me percaté que yo salía con cara de huea entre los 4 músicos, y que el resto de los invitados estaba a ambos extremos de la toma. Entonces se me ocurrió inventar lo del homenaje a la desaparecida Sonora Rock & Pop. Corté la foto por ambos lados y escribí la columna en la cual, supuestamente, Coldplay homenajeaba al huevón ocurrente que inventó "Hielo".
Pensé que sería un gran chiste, sobre todo porque en el recital mismo hubo gente que gritó "hielo" y los que me rodeaban me echaron la talla con que se acordaban mucho de la versión penca.
Nunca pasó nada de eso en la realidad.
Lo peor de todo es que la cosa se fue por otro lado. Poco a poco, los posteos de mis amigos se fueron yendo hacia argumentos como "qué bueno que por fin alguien reconoce algo" o "qué bueno Pato, si tú eres talentoso".
El porcentaje de creyentes fue en aumento, incluso a sabiendas de que el artículo decía mentiras explícitas como la alusión al cultivo de olivos amargos, cosa que me gustaría hacer en todo caso.
El punto es que probablemente tenga todo esto que ver con la realidad de la comprensión de lectura en nuestro país. Hay un amigo mío que dice que yo no explico bien las cosas y que me enredo en exceso. Ahora que veo que las viejas salen a buscar micros a la calle y no han leído el puto mapa del Transantiago también me queda una sensación de sospecha.
El punto es que este posteo es para reafirmar que ese artículo del homenaje de Coldplay está absolutamente descontextualizado y que nada de lo que ahí se sostiene, incluso lo de los olivos, es real.
Muchachos, lean con más atención... no crean todo lo que ven.
Este tipo de actividades se hace permanentemente. Varía según la personalidad o cercanía que los artistas tengan con sus compañías discográficas, y el ánimo con el que vengan. A veces, si el vuelo ha sido malo, si alguien martilló algo afuera de sus habitaciones, los artistas simplemente deciden que no quieren ver a nadie y punto.
El ritual es bien sencillo, también con variaciones. Te meten a una sala del backstage vip del artista, y te sientas a esperar. Luego, entra un road manager o alguien de la producción de la banda y te da ciertas directrices (cosas que no puedes hacer o mencionar a los artistas) y luego esperas. Después, en algún momento, el o los artistas entran, y tienes una conversación muy formal y tiesa, a veces casi inexistente, y te sacan una foto.
Punto, nada más. Sales de la sala y hay otro grupo de personas que hará lo mismo.
Son dos o tres minutos de gloria con las glorias del espectáculo.
Recuerdo que, por ejemplo, Lenny Kravitz era muy soberbio y pesado, pero te saludaba amablemente y posaba pa la foto sin sacarse los lentes siquiera. En el caso de Coldplay tuvimos una grata conversación sobre mariscos chilenos, sobre Valparaíso, y sobre una entrevista que yo les hice hace dos años en Estados Unidos luego del festival Coachella. Les di las gracias porque esa conversación nos había servido un montón. Chris Martin se mostró sorprendido porque todos teníamos la sensación de que en Chile tocarían temas inéditos: "Acá en Chile incluso Yellow es inédita", dijo algo sorprendido. Reconocieron eso sí que estaban ya componiendo para el nuevo disco.
Acto seguido, foto y luego gracias y hasta luego.
Cuando me mandaron la foto por mail me percaté que yo salía con cara de huea entre los 4 músicos, y que el resto de los invitados estaba a ambos extremos de la toma. Entonces se me ocurrió inventar lo del homenaje a la desaparecida Sonora Rock & Pop. Corté la foto por ambos lados y escribí la columna en la cual, supuestamente, Coldplay homenajeaba al huevón ocurrente que inventó "Hielo".
Pensé que sería un gran chiste, sobre todo porque en el recital mismo hubo gente que gritó "hielo" y los que me rodeaban me echaron la talla con que se acordaban mucho de la versión penca.
Nunca pasó nada de eso en la realidad.
Lo peor de todo es que la cosa se fue por otro lado. Poco a poco, los posteos de mis amigos se fueron yendo hacia argumentos como "qué bueno que por fin alguien reconoce algo" o "qué bueno Pato, si tú eres talentoso".
El porcentaje de creyentes fue en aumento, incluso a sabiendas de que el artículo decía mentiras explícitas como la alusión al cultivo de olivos amargos, cosa que me gustaría hacer en todo caso.
El punto es que probablemente tenga todo esto que ver con la realidad de la comprensión de lectura en nuestro país. Hay un amigo mío que dice que yo no explico bien las cosas y que me enredo en exceso. Ahora que veo que las viejas salen a buscar micros a la calle y no han leído el puto mapa del Transantiago también me queda una sensación de sospecha.
El punto es que este posteo es para reafirmar que ese artículo del homenaje de Coldplay está absolutamente descontextualizado y que nada de lo que ahí se sostiene, incluso lo de los olivos, es real.
Muchachos, lean con más atención... no crean todo lo que ven.
viernes, febrero 16, 2007
COLDPLAY REALIZA HOMENAJE POSTUMO A SONORA ROCK & POP
"Es ese tipo de canciones que te hubieran dado ganas de componer", sostiene Chris Martin, el líder de la banda inglesa Coldplay, por estos días realizando tres presentaciones en el Espacio Riesco de Santiago de Chile. "Hielo tiene un sonido y una temática que nos atañe y nos afecta profundamente... ha inspirado toda nuestra carrera".
"Hielo" debe ser la canción más importante de la carrera de la Sonora Rock & Pop. Sus integrantes, locutores y productores de la radio de ese nombre, decidieron difundir su música por otras vías que no fueran las de la emisora, para probarse a sí mismos. Incluso se negaron a la posibilidad de editar un disco. De acuerdo con estimaciones estadísticas, los compilados de temas de esta banda que se han vendido pirateados a la fecha deben superar las 500 mil copias solo en Chile.
Así, cuando supieron que venían a Santiago, los integrantes de Coldplay pidieron una reunión con la Sonora Rock & Pop, ignorando que ya estaban disueltos. Las diferencias irreconciliables de la etapa final frustraron este encuentro, pero fue posible, al menos, ubicar al autor de la canción, Pato Cuevas, dedicado por estos días al cultivo de olivos amargos. Cuevas recibió el saludo y homenaje en la carpa VIP que los ingleses tuvieron en el Espacio Riesco.
El road trip que describe la canción "Hielo", acerca de un tipo que quiere tomarse un ron pero no encuentra hielo y luego sale a buscarlo a algún boliche para luego caer y golpearse la cabeza, conmovió a los miembros de Coldplay, especialmente a Chris Martin. La idea inmediata e irresistible fue versionar, con una letra distinta pero fonéticamente análoga, esta canción del colectivo chileno. "Yellow", presente en el disco debut de Coldplay, "Parachutes", no tiene nada que ver en su desarrollo con "Hielo". Pero mantiene su dramatismo y fuerza con un leit motiv que cierra de manera brillante en un epílogo dulce y melancólico.
Coldplay no deja de tocar esta canción en los escenarios de todo el mundo. En esta presentaciones en Chile la colocaron como el tercer tema de su repertorio.
"Hubiese esperado que más gente acompañara la versión en español pero los chilenos son muy amables y cantaron mucho más la versión nuestra en inglés", agrega Chris Martin.
Pato Cuevas, autor de "Hielo", en medio de este homenaje, se encuentra un tanto nervioso: "No me lo hubiera esperado jamás... pero suele pasar en este país que el reconocimiento llega tarde. Me hubiese gustado que el resto me acompañara pero eso es algo que no puede ser por ahora, aunque si ya se reunió The Police... todo es posible"
Los integrantes de Coldplay junto a Cuevas departieron un momento íntimo sin la presencia de medios de comunicación.
martes, febrero 06, 2007
Visita a los estudios de Rock & Pop

En la fotografía adjunta podéis ver a las siguientes personas: Nicolás Copano, conductor de "El Mañanero", Sergio Lagos, el que viste y calza y Mane Campos.
No es una foto del pasado glorioso de la radio. No es una foto de nuestros mejores momentos. Odio la sensación del tiempo pasado mejor que el de ahora.
Esta foto la sacamos la semana pasada.
Sergio Lagos, embarcado hace más de un año con la idea de hacer un disco me interpretó en guitarra de palo una vez en su casa una serie de canciones que había compuesto en su período de mayor intimidad. Ustedes tienen que entender que un tipo con ese nivel de exposición puede fácilmente volverse loco si no descomprime su espíritu con alguna actividad. Yo a Sergio siempre lo he visto como un tipo inquieto y si hay algo que lo distingue del resto de los mortales es que jamás le ha hecho asco a la pega. Se mete en sus asuntos profundamente, no deja nada al azar, no deja que nadie tome decisiones por él.
Y bueno, el momento de hacer el disco llegó en un momento interesante, un poco antes de que él sea nuevamente animador del Festival de Viña. Me enteré que estrenaría su nueva canción, Telephone, en el programa de Copano.
Copano, por su parte, un experto en mediatización, me llama por teléfono y me sugiere lo siguiente: "Hueón, imagínate a los tres conductores de la mañana de la Rock & Pop nuevamente ahí en un programa". Yo le dije que estaba loco, que no podía ser, que esos días ya estaban atrás, que había que madurar, que había que superar etapas.
Así que finalmente fui.
Después de unos meses de mi salida tan amarga, después de saberme un histórico que salió para no volver, me encontraba de nuevo, a las 10 AM junto con mis ex compañeros, junto a un grupo de personas que labora allí que yo no conozco y junto a Sergio y a Nicolás, abriendo el programa y hablando como en el pasado.
Uno piensa que estas cosas son episodios que no tienen tanta importancia pero cuando comienzan a estallar los teléfonos, cuando uno escucha a Sergio con su estilo tan particular de locución, cuando escuchas a Copano robarse la película y uno se escucha a sí mismo y funciona, es porque esa radio fue la casa de uno. Y en la casa de uno siempre se puede volver. Siempre.
No me esperé jamás haber sentido esa alegría de estar ahí, de saludar a tantos amigos, de escuchar a la gente y de leer mails.
Absolutamente inesperado.
Todo lo anterior indica, por cierto, que mi salida de la radio fue algo absolutamente necesario y bueno. Cuando hay cariño de vuelta es porque las cosas salieron bien. Lo más notable, hablando mucho más en serio, es que cualquier día de estos puedo regresar para estar con mis amigos. Con mi familia.
Es como en el canto de estadio: "Lo llevo dentro".
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